jueves

La mujer de los hermanos Reyna, de Hilario Peña


La mujer de los hermanos Reyna narra las vivencias de un grupo de estafadores de poca monta entre los que se encuentran un comisario holgazán, su medio hermano y una despampanante mujer fatal apodada la Morena, quienes, con sus actos, llevarán a la ruina a un pueblo sinaloense llamado Estación Naranjo, antes de huir hacia la ciudad de Tijuana, donde cada uno se reinventará a sí mismo, superando su condición de desheredados por medio de complejas estafas, la única manera de subsistir en el mundo en el que viven, donde nada se les dio gratis.

Con esta obra me propuse crear un nuevo género al que llamo Melodrama Policiaco, el cual se encuentra influenciado en partes iguales tanto por la novela negra norteamericana como por algunos culebrones del canal de las estrellas; estos melodramas épicos que en ocasiones llegan a abordar la vida de todo un pueblo y que regularmente terminan con la villana quemada, rapada, desfigurada y metida en un manicomio.


Se me ocurrió la idea de un don Juan sinaloense, con hijos regados por todo el estado. Me pregunté, ¿cómo sería la relación entre estos medios hermanos, separados no solo por kilómetros de distancia entre sí, sino también por rencores, celos y envidias? Enseguida coloqué a una mujer de carácter fuerte y actos sumamente sensuales en medio de ellos, agregué un poco de melodrama a la mezcla, lo metí todo dentro de una trama de género policiaco, y de pronto ya tenía el concepto bien cuajado. Ahora solo hacía falta escribirlo.


El tema de don Juan me llevó a otro que es común denominador de todas mis historias: el tema rulfiano de la búsqueda del padre (de manera descarada el inicio de esta novela parafrasea el inicio de Pedro Páramo). Al menos es lo que persiguen los protagonistas de mis últimos tres libros, una figura paterna que les enseñe a convertirse en hombres para dejar de cometer los errores y tropiezos que terminarán provocando en unos casos la risa y en otros la lástima de parte de los lectores
.

A cada personaje lo mueve una motivación diferente, como es el caso de la Morena, quien es guiada por su irreprimible deseo de libertad que más tarde se transforma en ambición de poder. Al comisario Nicolás Reyna lo mueve su deseo por reencontrarse con su padre, mientras que todo lo que Roberto Reyna desea, a pesar de su inicial pose de macho mexicano, es retornar al útero materno, a aquel origen apacible e idílico que terminó abruptamente con el suicidio de su madre. Al secuaz de este trío, el maquiavélico Rigoberto Zamudio, lo mueve su vampírica obsesión por poseer a la Morena, a quien ve como la fuente de la eterna juventud
.

Existe una nostalgia que impregna todo el libro, con personajes que miran siempre hacia su pasado con añoranza. Evelina Zamudio y la nostalgia por las tradiciones de su pueblo, la mayoría de ellas abolidas por los caprichos de un pastor evangélico; el subprocurador César Mayorga y su nostalgia por un sistema político tan autoritario como funcional. Margarita Lizárraga, la figura materna sobre la que se abalanza Roberto Reyna para dejar atrás su vida de pendencias. También están otros personajes, como Raquel Torres, esta empleada de una joyería a punto de ser asaltada, quien padece del complejo de Electra hasta que conoce a Leonardo Zamudio, alias el DiCaprio, uno de los asaltantes a los que se habrá de enfrentar en el clímax de la historia
.

El humor es otro ingrediente importante en La mujer de los hermanos Reyna, sin embargo procuré que éste funcionara como parte del hilo conductor más que como fin en sí mismo. Una herramienta de la cual me valgo para que el lector siga conmigo y escuche el mensaje que lanza una vida como la de Lorena Guzmán. Un mensaje difícil de desentrañar, incluso para el autor, pero que definitivamente se encuentra ahí, hablándonos en todo momento.

Mi novela predilecta de cuantas he publicado. La considero la mejor.

La recomiendo ampliamente.

Novedades de Grijalbo Random House Mondadori

Deambulando por los pasillos de la Gandhi me enteré de que Random House Mondadori se ha encargado de editar parte del catálogo de Louis L’Amour en español. Semejante descubrimiento me llenó de alegría, dado que considero a este autor de novelas del Viejo Oeste un maestro de eso que llamo las mecánicas de la ficción. De él aprendí economía de personajes y otras reglas de la literatura heróica autoimpuestas en mi propio curso de escritura.

De Louis L’Amour me puse a pensar en otro autor, no solo de su mismo país, sino de su mismo estado. Incluso contemporáneo suyo. Y amigo. Y compañero en el Oklahoma Federal Writer’s Project: Jim Thompson. Me entretiene relacionar, al menos en el plano personal, a dos autores tan distintos y, a la vez, tan fundamentales en mi formación.

El Federal Writer’s Project formaba parte del New Deal del presidente Roosevelt, un programa de ayuda para escritores sin contrato, a los que se les encargaba la redacción de un vasto compendio de artículos que hablaran acerca de la historia, el arte, el folclore, la diversidad cultural, las personalidades célebres, guías turísticas y hasta los mapas carreteros de cada región. En el caso del Oklahoma Federal Writer’s Project, éste se encontraba muy ligado al partido comunista de su estado, al que también pertenecía Jim Thompson.

De Louis L’Amour se dice lo siguiente en las últimas páginas de casi todos sus libros:

Estimulado por una insaciable curiosidad y un deseo de ampliar sus horizontes, L’Amour abandonó el hogar a los quince años, realizando numerosos y variados trabajos, que incluyeron los de marinero, leñador, domador de elefantes, carnicero, minero y oficial del departamento de transportes durante la segunda Guerra Mundial. En esa época también dio la vuelta al mundo en un buque de carga, navegó una embarcación en el Mar Rojo, naufragó en las Indias Orientales y se extravió en el desierto Mojave. Como boxeador profesional, ganó cincuenta y una de cincuenta y nueve peleas, y también trabajó como periodista y conferenciante. Era lector voraz y coleccionista libros únicos. Su biblioteca personal contenía 17,000 volúmenes (...) Cada uno de sus más de 120 títulos sigue publicándose y circulan.

Según, Alta DeWitt, esta exacerbada mitomanía de L’Amour fue la causa de su distanciamiento con Thompson:

Jim y Ned (DeWitt) solían burlarse de sus mentirotas. Louis comenzaría a hablar acerca de su época como trabajador en China y los muchachos concluían que debió haber tenido diez años en ese tiempo. Supongo que Jim simplemente se aburrió de oírlo.

Considero que mi postura hubiese sido diferente a la de Thompson. Siempre he dicho que prefiero un mentiroso interesante que un honesto aburrido. En suma, le hubiese tenido más paciencia, sobre todo considerando el enorme talento que albergaba ese amo de la técnica que era L’Amour. Ambos autores me mostraron una manera de adaptar la literatura de aventuras del siglo XIX a mi tiempo. Hace poco me fusilé de Jim Thompson a su comisario Nick Corey, volviéndolo sinaloense y bautizándolo como Nicolás Reyna, protagonista de mi nueva novela, La mujer de los hermanos Reyna, en estos momentos en librerías, muy cerca de El Tesoro Mexicano, de Louis L’Amour, una vertiginosa historia del Viejo Oeste protagonizada por el carismático bandolero Bijah Catlow y su amigo de la juventud convertido en alguacil federal Ben Cowan, quien le seguirá por el desierto de Sonora luego de dar el mayor golpe de su carrera: el robo en territorio mexicano del tesoro que el presidente Benito Juárez había reunido para hacer frente a la intervención francesa. No es novela histórica; éste es un western que recomiendo ampliamente a los amantes del género, escrito por un autor que jamás me ha defraudado.

Por cierto, los personajes de El Tesoro Mexicano se entrelazan con los de mi novela predilecta de L'Amour: Los Madrugadores, que espero pronto esté también en librerías mexicanas.

Fuentes:

* Polito, Robert (1996). Savage Art. Random House. Estados Unidos.

* L'Amour, Louis (2011). El Tesoro Mexicano. Grijalbo Random House Mondadori. México.

domingo

El cartero siempre llama dos veces












La mejor descripción de la prosa de James M. Cain la hallé en el libro The big book of pulps, compilado por Otto Penzler:



Cain derrochaba palabras tal y como Scrooge lo hacía con sus chelines.



Pastoral es el relato de Cain que aparece en dicha antología y su primera aparición fue —ni más ni menos que— en la prestigiosa revista The American Mercury, dirigida por H. L. Mencken, en marzo de 1928, cuando el escritor aún no pisaba tierras californianas.


Llama mi atención el que un autor bien conectado con la crema y nata de la intelectualidad neoyorquina —habituada a exaltar al nivel de “obra maestra” exuberantes sátiras contra el conservadurismo provinciano como Main Street, de Sinclair Lewis— haya optado por un tema tan poco inteligente para su primer relato publicado: el fascinante nexo que une al amor con la muerte.


El título evoca el escenario bucólico de la historia protagonizada por el inculto criminal Burbie, quien luego de diez años de aventuras en una feria ambulante retorna a su pueblo natal para encontrarse con que su novia, Lida, se ha casado con un viejo pedorro que le compra toda la ropa que ella le pide. Los ingredientes están dados para el crimen que ha de llevarse a cabo, derivando todo en el hallazgo por parte de la policía de una cabeza cercenada sobre la superficie de un arroyo congelado.


Los elogios prodigados a esta primera incursión en los terrenos de la ficción le dieron la confianza necesaria para embarcarse en la escritura de lo que fue su primera novela, El cartero siempre llama dos veces. Sin embargo el camino que emprendió el poeta de los tabloides para dar con la prosa honesta, llana y amena que caracteriza esa obra cumbre del estilo hardboiled no fue nada sencillo.


Diez años antes había desechado un relato de enormes proporciones que tomaba como base los violentos conflictos obrero-patronales ocurridos en las minas de cobre en Virginia Occidental durante los años veinte, tras convencerse de que el lector terminaría arrojando el libro al cesto de la basura, luego de leer cuando mucho cincuenta páginas atiborradas con esas mismas contracciones y coloquialismos que caracterizaban sus cuentos cortos.


Fue por ello que la búsqueda del éxito en Hollywood en el año de 1932 fungió como pieza clave para la consolidación de su narrativa. La idea para el argumento le vino ese mismo año y sucedió de la siguiente manera:


Uno de los pasatiempos favoritos de los californianos de aquella época eran los paseos en automóvil por todo el estado. A Cain, cuya condición de recién llegado no lo hacía la excepción a la regla, le encantaba llenar el tanque de su Ford roadster en una estación atendida por una mujer “frondosa y sexy, de esas que te ponen a pensar…”


“Regularmente platicábamos mientras me cargaba gasolina. Luego leí en el periódico acerca de cierta dama que había asesinado a su marido, dueño de una de estas estaciones de servicio en la carretera, la cual ella misma atendía, y me pregunté, ¿será aquella misma muchacha frondosa? Paso otra vez y resulta que el negocio se encuentra cerrado. Pregunto por ahí y resulta que sí, era ella… esta común, corriente y sumamente apetitosa mujer.”


De nuevo, la relación entre el objeto de deseo y la muerte estaba ahí, tan fascinante como siempre. Por lo visto el inspirado autor ya tenía el qué, el cuándo y el dónde de su opera prima, ahora tan solo le faltaba el cómo, el cual, luego de darle muchas vueltas al asunto lo descubriría al darse cuenta de que el narrador de su historia no tenía por qué ser tan iletrado como los típicos roughnecks del este que seguían apareciendo en su literatura. No, el protagonista de su próximo relato podía ser este joven acostumbrado al trabajo duro, sí, pero californiano, esto es: mucho menos rupestre que su colega de la costa este. Con estudios mínimos, o al menos poseedor de un inglés básico que le permitiese narrar con cierta soltura los eventos que lo llevaron hasta ese momento en el patíbulo, con el religioso a su lado dándole la última bendición.


Fue gracias a todos estos valiosísimos ajustes y consideraciones que James M. Cain fue capaz de producir no solo un indiscutible clásico del género, sino también una de las primeras líneas más poderosas y contundentes que se hayan escrito jamás:


A eso del mediodía me arrojaron del camión de heno. Me había subido a él la noche anterior, en la frontera, y apenas me tendí bajo la lona quedé profundamente dormido. Estaba muy necesitado de ese sueño, después de las tres semanas que acababa de pasar en Tijuana, y aún dormía cuando el camión se detuvo a un lado del camino para que se enfriase el motor. Entonces vieron un pie que salía debajo de la lona y me arrojaron al camino. Intenté hacer unas bromas, pero el resultado fue un fracaso y comprendí que era inútil esperar algo. Me dieron un cigarrillo, sin embargo, y eché a andar en busca de algo para comer.


Fue entonces que llegué a la fonda Los Hermanos Gemelos


Fuentes:
* Penzler, Otto (2007). The black lizard big book of pulps. Vintage Crime / Black Lizard.
* Hoopes, Roy (1982). Cain. Holt, Rinehart and Winston.
* Cain, James (1934). The Postman always rings twice. Alfred A. Knopf.

jueves

Grandes relatos y sus primeras líneas. Parte III.





















Los Madrugadores
, de Louis L'Amour:

No había más que pradera y cielo, y el ganado enfilando hacia el oeste. Aunque viviera hasta los mil años nunca olvidaré la increible belleza de esas reses grandes de cuernos largos en los que relucía el sol; la mayoría tenían seis o siete pies de largo. Algunos eran como el viejo mosqueado, el novillo que guiaba a la manada, cuya cornamenta medía nueve pies de extremo a extremo.
Era un mar de cuernos sobre el rojo, castaño, moteado y blanco de los novillos. Eran grandes, salvajes, feroces, listos para luchar contra cualquier cosa que les presentara, y nosotros que los guiábamos por el costado o por detrás, los queríamos y los odiábamos, los maldecíamos y los azuzábamos, pero los llevamos al oeste.

sábado

Tom Horn


La vida de Tom Horn, explorador e interprete del ejercito, autobiografía de este detective de la legendaria agencia Pinkerton, quien también desempeñó el cargo de explorador para el ejército norteamericano durante las guerras apaches, se lee como una de las mejores novelas picarescas ambientadas en el Viejo Oeste (tan buena como Little Big Man, por poner un ejemplo), al mismo tiempo que ofrece un registro invaluable de su época.

Luego de una infancia problemática en Missouri, a sus catorce años Tom Horn decide viajar hacia California, lugar del que provienen sendos relatos protagonizados por gambusinos, vaqueros y pioneros, todos ellos desafiando los innumerables peligros inherentes a una tierra salvaje que seguía sin ser de nadie. A la edad de 16 años Horn conoce a su mentor: el famoso jefe de exploradores Al Sieber, quien lo lleva a la reserva de San Carlos, en Arizona, para trabajar como interprete, debido a que los dos meses que Tom pasó arreando bueyes en Campo Verde le fueron suficientes para dominar el idioma español.

La primera vez que lo vi realmente enojado fue cuando fuimos juntos a un sitio donde un indio se encontraba cocinando tis-win. El indio era un viejo reincidente y Sieber comenzó a hablarle en mexicano, idioma que, según Sieber, era entendido por el indio a la perfección. El indio, cuyo nombre era Chugadeslona, le dijo en apache que Sieber siempre se encontraba husmeando por todos lados como una vieja chismosa, a lo que Sieber contestó: “Así es, siempre estoy al acecho de hombres como tú, que preparan la bebida del demonio”, y Chugadeslona le dijo: “Por lo cual tendré que matarte, vieja chismosa”, sacando su pistola, todo lo cual puso furioso a Sieber, quien a su vez sacó su cuchillo, tomó al indio del cabello y casi le arranca la cabeza de un solo tajo. El indio había estado preparando su licor en una gran olla de barro. Sieber arrojó al macho al suelo, lo observó por un momento y luego lo volvió a levantar y casi lo mete en esta gran olla, en la que el indio no cupo muy bien, pero de haber cabido seguro lo hubiera metido del todo. Recuerdo haber estado muy asustado de ver todo esto; en cualquier caso, sí me sentí un poco raro.

Pasajes tan impactantes como éste plagan las memorias de Tom Horn, quien asegura haber participado en la segunda expedición conformada por hombres blancos a las minas de lo que meses más tarde se convertiría en el pueblo de Tombstone, ese boomtown por antonomasia y sede del legendario duelo en el OK Corral, en el que participarían famosos pistoleros como el delegado Wyatt Earp (en esos momentos un poco harto de que la gente se estuviese burlando de él por haberse casado en dos ocasiones con reconocidas prostitutas de la época).

Scheflin había encontrado plata cuando su compañero fue asesinado por los indios y por ello Scheflin fue hasta California a reclutar a estos hombres, y todos y cada uno de ellos eran hombres de la frontera, mineros y guerreros, y ningún indio los espantaría ahora que sabían que había mineral ahí, porque nada puede detener a esa clase de hombres. Fue como me dijo aquel tipo alto en Tucson: ahora son los indios los que tendrán que cuidarse.

Un verdadero deleite para los interesados en las historias de la frontera es lo que generan las páginas en las que se describen los encuentros de Tom Horn y Al Sieber con el apache Gerónimo:

Sieber podía hablar apache muy bien y entenderlo muy bien también, sin embargo no podía hablarlo lo suficientemente bien como para digerir todo lo que un hombre como Gerónimo tenía que decirle. Y el jefe apache me dijo: “Muchacho, yo hablo muy rápido, a veces. ¿Podrás llevar a cabo la tarea de traducir todo lo que digo?” Le dije que, por lo que yo podía ver, él tan sólo tenía una boca y una lengua, y que las pusiera a trabajar. “¡Bien dicho!”, fue lo que me dijo. Y la gran charla comenzó. Y vaya como hablaba ese viejo rebelde. De los males perpetrados por la agencia, por los soldados, por los apaches Montaña Blanca, por los mexicanos, por los pioneros, y resulta que el hombre tenía mas quejas que un operador de vía, y que al final de cuentas todo lo que supuestamente quería era retornar a la reserva india. También deseaba que un par de mexicanos le preparasen su mezcal, y que el gobierno le diese rifles nuevos y toda la munición que él necesitase. Pedía calicó para las mujeres y calzado para los niños cada que hubiese nieve en el suelo, y todo aquello que él alguna vez vio o escuchó él lo quería. Gerónimo era el más grande jefe, el mejor orador, y el sujeto más mentiroso de este mundo, supongo, y nadie sabía esto mejor que Sieber. Gerónimo debió haber hablado por una hora o dos, y Sieber no lo interrumpió una sola vez. Por fin Gerónimo paró de hablar, debido a que ya había hablado todas las cosas que había pensado, y eso que él era un verdadero genio pensando cosas. Y Sieber se mantuvo tieso por un momento, luego se levantó de su asiento y miró a su alrededor. “Tom, dile a Gerónimo lo que te voy a decir, ni una palabra más ni una palabra menos,” dijo él. “Gerónimo, tú me has pedido todo aquello que sé que existe, excepto pedirme que mueva estas montañas de aquí para allá, y te daré hasta el día de mañana para que hables con tu gente y veas si no quieren ellos que les mueva estas montañas también, y si tu conducta y tus actos en el pasado te hacen merecedor a ello, yo mismo veré que se muevan hasta donde tú me lo pidas”. Y eso fue todo. Sieber dio media vuelta y abandonó la reunión.

Si bien uno podría poner en tela de juicio la recomendación de leer un libro escrito por un asesino de cuatreros esperando la horca, en su defensa déjenme aclarar que son libros como éste los que al terminarlos me tranquilizan un poco y me hacen ver que, definitivamente, han existido otras épocas mucho más sangrientas que ésta que me ha tocado vivir.

miércoles

Grandes relatos y sus primeras líneas. Parte II.














Que viene Valdez, de Elmore Leonard:

Imaginen el suelo alzándose por la ladera al este del pastizal, con sus espesos matorrales y sus pinos. Ahí es donde la gente se encontraba. No todos juntos, sino esparcidos en pequeños grupos. Doce hombres entre la maleza más próxima a la cabaña, estos eran los francotiradores que no podían quedar a la vista, quienes disparaban cada que les daba la gana o cada que Mister Tanner les daba la orden...

Traducción a cargo de Hilario Peña.

Grandes relatos y sus primeras líneas. Parte I.














Viento rojo, de Raymond Chandler:

Soplaba sobre la ciudad uno de esos secos y calientes vientos de Santa Ana, que se arrastran por los cerros, erizan los vellos, pican la piel y ponen los nervios de punta. En noches como ésa las borracheras acaban siempre en trifulca, las esposas sumisas palpan el filo de su cebollero mientras contemplan el cuello de sus maridos. Cualquier cosa puede suceder, incluso te pueden servir un vaso lleno de cerveza en un bar tan elegante como en el que me encontraba en aquellos momentos…

Traducción a cargo de Hilario Peña.

lunes

El infierno puede esperar, de Hilario Peña






















Tomado de la contraportada:

Con su carrera profesional “estancada en un centro comercial en decadencia —en la parte más muerta de la ciudad, trabajando para un tonto de los negocios, el cual encima de todo se cree vivo—”, Silverio decide sumarse a las filas de los testigos de Jehová, con quienes pronto comenzará a publicar de puerta en puerta, actividad que lo llevará al encuentro con Telma, la femme fatale de este relato, esposa de un capitán de barco tiburonero al que habrá que asesinar primero que nada para ganar su amor.

A lo largo de esta odisea dantesca ambientada en el Pacífico mexicano, veremos a Silverio embarcarse en una orgía de sangre, venganzas y traiciones, a fin de pagar las deudas contraídas por su amante, mientras encarna los oficios más dispares, entre ellos el de vendedor de accesorios para celular, predicador, taquero, marinero, asesino a sueldo, tratante de blancas, contrabandista de armas, capo de la mafia, e investigador privado, esto último al lado del célebre detective Malasuerte, protagonista del estupendo libro Malasuerte en Tijuana, publicado por esta misma editorial en 2009.

Parte homenaje a las historias de James Cain, parte tributo a la ciudad costera que vio nacer a su autor, El infierno puede esperar es ante todo una novela ágil, cargada de humor negro y escenas que rayan en el absurdo pero que, al mismo tiempo, resultarán escalofriantemente familiares en el lector.

Lucky at cards, de Lawrence Block





















El prestidigitador Bill Maynard se encuentra en una ciudad nueva. Con dientes nuevos. Los viejos se los han tumbado en una partida de póquer en Chicago, donde unos mafiosos adivinaron su oficio: mecánico de las cartas. Ahora el antiguo mago se encuentra listo para empezar de cero, consciente de que no debe cometer más imprudencias, como la de participar en partidas de bolsas muy elevadas, con tipos de su misma calaña.

Ahora lo sabe, lo suyo es el trabajo de bajo perfil. El robo a pequeña escala. Disciplinado. Sin riesgo. Sin apostar. A lo seguro, valiéndose de la rapidez de sus dedos. Partidas de dos dólares la mano, cuando mucho. Rodeado de amateurs. Por eso aprovechó la recta cuando el dentista que acaba de colocarle su dentadura lo invitó a jugar seven-card stud con sus amigos. Es en la casa del anfitrión de esa noche, el opulento abogado Murray Rogers, donde el tahur Bill Maynard conoce a la mujer que lo hará apostar de nuevo. Esta vez será su vida la que pondrá en juego.


Dicen que todo hombre tiene una debilidad. Dicen que por cada uno de nosotros hay una mujer en el mundo que nos hará brincar a través de aros en llamas con tan sólo tronar sus dedos. Dicen que un hombre corre con suerte si jamás en su vida llega a conocer a esa mujer.


Publicada como The Sex Shuffle en 1964 -bajo el pseudónimo de Sheldon Lord- y luego de 40 años en el olvido, Lucky at cards es otra excelente selección de la que es para mí la editorial más audaz y original de estos tiempos: Hard Case Crime.


—Te extrañé, Bill —repitió—. Bueno, no a ti en particular. Hombres como tú. Gente como tú. Llevo casi tres años casada con Murray y es hora que no me acostumbro. La vida solía tener más emoción antes. No me la pasaba conviviendo con los amigos de mi esposo. No, yo dormía hasta tarde y me levantaba hasta tarde. Me encontraba hambrienta todo el tiempo. Hambrienta de gente y hambrienta de emociones. Es lo que extraño más.

—¿Acaso no te gusta lo que tienes ahora?

—¡No!

—Pero debe ser mucho más sencillo —dije—. Sin preocuparte por el dinero, ni por la ley. Buen whiskey para beber y ropa costosa que ponerte.

—Tenía todo eso.

—¿Todo el tiempo?

—¡Por supuesto que no! A veces —Joyce bajó su mirada hacia el suelo—... Escucha, claro que es mucho más fácil ahora, pero eso no lo es todo, Bill. Morirse es la cosa más sencilla del mundo. Tan sólo estar acostada, ahí, esperando la muerte, sin tener que trabajar de nuevo. Estar casada con Murray Rogers se parece mucho a eso. La emoción se ha ido.


Una novela altamente recomendable.

miércoles

Wild Town, de Jim Thompson



Wild Town (1957) no cuenta con la macabra comicidad de 1280 almas, ni con la violencia extrema de El asesino dentro de mí, sin embargo, al igual que las dos obras antes mencionadas, ésta también es una novela de crimen a cargo de Jim Thompson ambientada en un pueblo del sudoeste tejano durante los años treinta. La protagoniza David “Bicho” McKenna, un mastodonte conflictivo pero bien intencionado, quien es contratado, a pesar de su amplio historial delictivo, como detective en el Hotel Hanlon, propiedad del magnate Mike Hanlon. El puesto lo obtiene por recomendación de Lou Ford, precisamente el comisario psicópata de El asesino dentro de mí. Acompañan a estos personajes la típica fauna presente en las historias de Jim Thompson, entre ellos, el alcohólico torpe e inseguro que recupera su compostura luego de dos botellas de whiskey; el botones lángaro, capaz de todo por una buena propina; la despampanante mujer fatal, esposa del millonario en silla de ruedas, y la inocente y tímida señorita, enamorada del atormentado chico nuevo en el pueblo con un oscuro pasado.

Al igual que el boxeador (y desequilibrado mental) William “Kid” Collins, protagonista de After dark, my sweet, David McKenna tiene un genuino imán para los problemas, así como también un irreprimible deseo de enmendar los errores cometidos por su carácter impulsivo, lo cual suele ser aprovechado por la gente que le rodea, como sucede con Olin Westbrook, el dipsómano gerente del Hanlon, quien le pide de favor a Bicho que aplique un escarmiento a su contador con el fin de que retorne los cinco mil dólares perdidos entre los libros de los últimos tres meses. Como es de suponer en una novela de este género, el dichoso favor desembocará en un asesinato que tendrá consecuencias graves para los involucrados.

A pesar de volvernos a encontrar con esa figura paterna que es el comisario Lou Ford moviendo los hilos de Ragtown como lo haría en el Central City de El asesino dentro de mí, cabría suponer que la reivindicación que se atestigua en Wild Town es la manera en que el autor nos ofrece la otra cara de su propio padre, el imponente y carismático comisario de Anadarko, Oklahoma, James Sherman Thompson, como posiblemtente su propia personalidad vuelve a aparecer en las inseguridades de Bicho y en el alcoholismo de Olin.

Por último, cabe señalar que si bien Wild Town rehuye los excesos de las obras más conocidas de su autor, esto se lleva a cabo en favor de un estilo mucho más sutil y elegante, el idóneo para dar cuenta de la compleja psicología de sus personajes.

The Tonto Woman, de Elmore Leonard

Elmore Leonard, después de más de cincuenta años de carrera y cuarenta novelas escritas, publicó una de sus obras más sólidas en 2005, The Hot Kid. Ambientada en la época de la prohibición, en Oklahoma, y aderezada con tommy guns, asaltos bancarios y salones speakeasy, la novela narra la rivalidad entre dos caracteres completamente opuestos: el ambicioso y carismático agente de la ley Carlos Webster y el junior convertido en asaltabancos Jack Belmont.

Carlos Webster contaba con quince años de edad el día que presenció el robo y asesinato dentro de la farmacia Deering’s. Esto ocurrió en el otoño de 1921, en Okmulgee, Oklahoma. Le dijo a Bud Maddox, jefe de la policía de Okmulgee, que había llevado su ganado al pastizal en Tulsa y que al regresar ya había oscurecido. Comentó que había dejado la camioneta y el remolque frente a Deering’s y entró por una nieve. Luego de que identificó a uno de los ladrones como Emmett Long, Bud Maddox le dijo:
—Hijo, Emmett Long roba bancos, él no asalta farmacias.
Carlos, un chico bien educado, que conocía la importancia del trabajo duro y el respeto a las personas mayores dijo:
—Podría estar equivocado —sabiendo que no lo estaba.


Leonard comenta que ha venido refinando su estilo a lo largo de los años, incluso menciona diez reglas básicas en su escritura:

1. Jamás comiences un libro hablando del clima.
2. Evita incluir prólogos.
3. Evita utilizar otro verbo que no sea “dijo” al final de una línea de diálogo.
4. Evita el uso de adverios junto a la palabra "dijo".
5. Controla el uso de los signos de admiración.
6. Evita utilizar “y de repente”, “y de pronto”, "y en eso", etc.
7. Controla el uso de coloquialismos y de la jerga callejera.
8. Evita las descripciones exhaustivas de los personajes.
9. Evita las descripciones exhaustivas de los lugares.
10. Procura dejar fuera las partes que el lector suele brincarse.


A pesar de las supuestas mejoras sigo disfrutando de toda su obra, incluyendo aquellos impecables westerns que comenzó escribir a la edad de veinticinco años. O quizá debiera decir: Disfruto especialmente de estos westerns. Pongo como ejemplo The Tonto Woman: una mujer tatuada de la cara por los apaches regresa a su pueblo en Arizona. Luego de ser rescatada se topa con el rechazo de su propio marido, convertido ahora en un hombre adinerado, quien la recluye en una cabaña en el desierto vigilada por pistoleros. Hasta que llega un cuatrero mexicano a liberarla... en más de un sentido.

Como todo buen relato de Elmore Leonard, éste también comienza de manera contundente:

Llegaría el momento, luego de unos cuantos años, en el que Rubén Vega arribaría a la iglesia de Benson, se arrodillaría en el confesionario, y le diría al sacerdote: -Perdóneme padre, que he pecado. Hace ya más de treinta y siete años de mi última confesión… Desde ese día he fornicado con muchas mujeres, yo digo que más de ochocientas. No, no fueron tantas, considerando mi trabajo. Mejor dicho fueron sólo seiscientas.
Y el sacerdote le preguntaría:
-¿Te refieres a mujeres malas o mujeres buenas?
A lo cual Rubén Vega respondería:
-Todas fueron buenas, padre.

martes

Mil ojos tiene la noche, de Nelson Allen


Clifford Nuttley es un taxista newyorkino poseedor de un enorme talento para meterse en enredos. Nos encontramos en la década de los ochenta, una época marcada por los altos índices delincuenciales registrados en La Gran Manzana. Cliff trabaja el turno nocturno, con todos los agravantes que esto implica. Por las mañanas, en su diminuto departamento, tiene que soportar los reproches de su esposa Úrsula Ortega, una belicosa portorriqueña empeñada en traerse a su hermano Carlos a vivir con ellos para que pruebe suerte como artista gráfico en esa ciudad.

“¡Estás frustrando la carrera artística de mi hermano!”, le recrimina Úrsula, luego de que Cliff le propone a su cuñado laborar en la misma compañía de taxis para la que él trabaja, esto como alternativa a quedarse pegado al televisor sin hacer nada todos los días. “¡Materialista! ¡No tienes sentimientos! ¿No comprendes que un artista necesita paz y tranquilidad para poder inspirarse? ¿Es que pretendes que no consiga salir nunca de este agujero?”, continúan los reproches. La situación del pobre Cliff es desesperante, y es que encima de tener que mantener a sus dos hijos, a su mujer y al hermano de ésta, tiene también de inquilino al gorrón de su suegro. Su única distracción son las peleas ilegales, llevadas a cabo en un almacén del Lower East Side.

“Apenas el árbitro del combate hizo sonar el pequeño silbato, Bazzoka se lanzó contra su rival, golpeando espectacularmente el aire. Duke había puesto en juego su baile de piernas y se había trasladado al rincón opuesto. El público coreaba el sonriente baile de Duke, quien, con la guardia baja, daba vueltas en torno al irlandés, sin dejarse alcanzar por ninguno de los golpes de éste. En realidad, tampoco tenía que esforzarse mucho. Bazzoka parecía empeñado en espantarle las moscas muy cortésmente. Tras el primer asalto, Bazzoka estaba agotado y resoplaba como un buey, deambulando por el ring como un sonámbulo. Parecía un niño queriendo cazar una mariposa con un bate de béisbol. El juego duró tres asaltos más, mientras el discípulo de Fred Astaire le acariciaba la mandíbula de vez en cuando.”

Es al terminar el encuentro de box descrito arriba que el mafioso Rocco Micheluzzi le propone al taxista transportar lo recaudado esa noche en los combates al cuartel de los italianos. A partir de ese momento Cliff se convierte en el hombre más buscado de la ciudad, perseguido por la policía, la mafia portorriqueña y la italiana también. Nelson Allen, cuya verdadera identidad responde al nombre de Juan José Sarto Díaz, es el autor de esta joya de novela negra. En efecto, estamos hablando de uno de esos libros de hoja de pulpa que aquí se venden en los estanquillos y puestos de revistas por alrededor de diez pesos, donde he encontrado alguna de la literatura más honesta, efectiva y bien ejecutada que he leído.

jueves

La Hermana Pequeña, de Raymond Chandler


Orfamay Quest, una granjera timorata proveniente del cinturón bíblico (Manhattan, Kansas) contrata al detective privado Philip Marlowe para encontrar a la oveja negra de la familia, su hermano Orrin, de quien no se ha sabido nada en meses. Esta premisa pertenece a la mejor novela de Raymond Chandler, La Hermana Pequeña. En ninguna otra nos encontramos con un escenario tan fértil para el despliegue de las deliciosas frases lapidarias y de los símiles cargados de ironía propios del detective angelino Philip Marlowe:

Se acercó y se deshizo en lágrimas. Yo reaccioné exactamente igual que un pescado disecado ante un cebo.

De ahí Marlowe hará gala de su acidez ensañándose con el inocente bisoñé de un chantajista:

—Deje en paz mi peluquín, si sabe lo que le conviene —gritó.
—No me lo iba comer —dije.


Así como también la tomará contra los peculiares métodos de operar de un pobre guardia de hotel:

…Con el revolver en la mano abrió de golpe. Ningún sospechoso en el armario.
—Mire debajo de la cama —le dije.
Flack se agachó rápidamente y miró debajo de la cama.
—Mire debajo de la alfombra —le dije.
—¿Me está tomando el pelo? —dijo, huraño.
—No, es sólo que me gusta verle trabajar.


El libro no se encuentra exento de fallas. Una de ellas siendo la extrema complejidad de su trama. Me atrevo a suponer que parte de esta complejidad se debe a la inclusión de una serie de personajes de importancia sólo tangencial para la historia, puestos ahí con fines evidentemente revanchistas.

Escrita luego de la incursión de Chandler en Hollywood como guionista en Double Indemnity (Pacto de Sangre), película dirigida por Billy Wilder, La Hermana Pequeña por momentos se revela como un ajuste de cuentas en contra de las personas que durante esa experiencia lo ofendieron de algún modo. Tal es el caso de la caricaturización que Chandler hace del gran Wilder, con todo y su bastón de malacca, en el personaje del agente déspota Sheridan Ballou.

Es celebre la anécdota de la ventana que al parecer uno le mandó al otro a cerrar y que aquí aparece ligeramente disfrazada de la siguiente manera:

—Con una lupa se puede leer el titular —precisé.
—Hay una sobre la mesa, si es tan amable…
Fui a buscar la lupa de encima de la mesa.
—Está acostumbrado a hacerse servir, ¿eh, señor Ballou?
—Pago bastante caro ese derecho.


La narración se mantendrá a flote por encima de estos detalles gracias a la elegante prosa de Chandler. Y es que, a pesar de su laberíntico argumento y su consabida mala leche, La Hermana Pequeña destaca no sólo como un clásico de la literatura detectivesca sino también como una de las mejores novelas que acerca de Hollywood se han escrito jamás.

La mano de Dios, de Francisco Castro Trenti

La mano de Dios es una crónica policiaca escrita por el abogado Francisco Castro Trenti, quien ha trabajado en Tijuana como Agente del Ministerio Público, Director de Servicios Periciales y Coordinador de la Unidad Orgánica contra Homicidios Dolosos. La obra que aquí se comenta no se propone alimentar el morbo del lector por medio del relato minucioso de crímenes cruentos, sino más bien informarlo de las técnicas periciales y de investigación usadas por el autor y su equipo de trabajo durante los años en que estuvo a cargo tanto de los servicios periciales como de las investigaciones de homicidios en esta ciudad.

Durante el curso de la narración el autor no hace uso del cinismo comúnmente atribuido a una profesión como la de investigador de homicidios, en su lugar da muestras de un humanismo sostenido a pesar de todo. El título del libro, La mano de Dios, se refiere a la intervención que (antes que a la buena estrella o a la casualidad) el autor le atribuye al creador de todas las cosas, en un evento que sirve de medula espinal en el libro: el atentado que Trenti sufrió en la forma de ráfagas asesinas provenientes de la siempre infalible AK-47, esta vez en manos de un sicario en aprietos.

Un libro que recomiendo ampliamente.

miércoles

Linda 67, de Fernando del Paso


Linda 67, de Fernando del Paso, es una novela elegante. Cosmopolita. Sofisticada. Chic. (Un merecido respiro lejos del arrabal y de los escenarios sórdidos, mucho más usuales en las novelas de crimen.) Colmada de paisajes bellos y fascinantes que aceleran aún más su lectura. Una obra madura, bien pensada, escrita por un hombre en la cima de sus facultades. Aquí del Paso nos narra la vida de David Sorensen, el refinado hijo de un diplomático mexicano, quien ve muy cercano el fin de su matrimonio con la princesa tejana Linda Lagrange, y con esto el fin también de una vida llena de lujos, fincada en la bella ciudad de San Francisco, a la cual ha sido muy fácil acostumbrarse. El asesinato se le presenta a David como la solución lógica a todos sus problemas. En efecto, la apuesta es arriesgada, 15 millones de dólares o la cámara de gas, sin embargo el pavor de David a desaparecer para siempre de su estrato social lo mueve a ello sin piedad ni escrúpulos. Una novela llena de paradojas interesantes, impecablemente estructurada, exenta de juicios impertinentes por parte de su autor. De lo mejor que se ha hecho en este género.

jueves

¿Acaso no matan a los caballos? (1935), de Horace McCoy


Los Ángeles, California. Los años treinta. La Gran Depresión. Robert Syverton y Gloria Beatty. Dos actores sin empleo. Deciden enrolarse en un tortuoso maratón de baile donde serán sujetos a toda clase de vejaciones y humillaciones, y que se prolongará por varias semanas en un decrépito salón junto al Océano Pacífico. Ahí se darán cita todo tipo de seres estrambóticos, entre asesinos, violadores, estafadores, mujeres embarazadas, estrellas de cine, y un par de damas de la Liga de las Buenas Costumbres. Robert y Gloria pasarán por este calvario con la esperanza de adquirir algo de notoriedad y, si se puede, el premio de mil dólares que está en juego.

Desde el inicio el narrador nos informa la manera en que termina todo, con el asesinato de su pareja a manos suyas, sin embargo esto no le resta suspenso al relato. Al contrario. Vuelve más intrigante el desarrollo de los hechos, culminando en un final verdaderamente poético.

—Así que finalmente salí huyendo rumbo a Dallas. ¿Has estado ahí?
—Jamás he estado en Texas —le dije.
—No te has perdido de gran cosa —me informó—. No conseguí trabajo, por lo que decidí robar algo, con tal de que la policía se hiciera cargo de mí.
—Ésa sí que es una buena idea.
—Es una estupenda idea —me lo confirmó—, sólo que no funcionó. Me arrestaron, los detectives sintieron lástima por mí y me dejaron ir. Para no morirme de hambre me fui a vivir con un sirio que tenía un puesto de
hot dogs a la vuelta del City Hall. Masticaba tabaco todo el tiempo… ¿Alguna has estado en la cama con un tipo que mastique tabaco?
—No creo haberlo hecho —le respondí.
—Incluso eso lo pude haber aguantado, pero cuando comenzó a
quererlo hacer, entre pedidos, encima de la mesa de la cocina, me di por vencida. Un par de noches más tarde tomé veneno (…) Fue durante mi estancia en el hospital que se me ocurrió la idea de venir a Hollywood.

domingo

Enlace

Enlace al chat del Universal.

lunes

Detour (1939), de Martin M. Goldsmith


La injustamente olvidada Detour, novela publicada en 1939 por Martin M. Goldsmith, nos presenta en primer lugar a Alexander Roth, un músico de jazz despedido de su orquesta en Nueva York por buscapleitos, quien decide viajar de aventón a Hollywood en busca de su novia, la aspirante a actriz Sue Harvey. En Nuevo México nuestro viajero se topa con un extravagante corredor de apuestas, quien le promete llevarlo hasta Los Ángeles de un solo tirón.

—¿De dónde vienes?
—Detroit.
No sé por qué dije eso; ni siquiera había necesidad de mentir. Quizá sea que estoy tan acostumbrado a decir mentiras que ya se ha convertido en un hábito mío, no lo sé. Pero ése soy yo. No logro entenderme. Lo cierto es que llevo años sin haber pasado ni remotamente cerca de Detroit.
—Con que Detroit, eh.
—Así es —ni modo, ya lo había dicho, ahora tenía que atenerme a ello.
—Pues bien,
Detroit
, supongo que es tu día de suerte: vamos para donde mismo.

A partir de ahí es que comienzan los enredos para el pobre de Alex, sin embargo, cuando más preocupado uno se encuentra por él, la novela cambia de narrador, cediéndole la palabra a la bella Sue, quien hará el recuento de sus días en Hollywood, ofreciéndonos una mirada incluso más ácida del lugar que aquellas de Nathaniel West y Scott Fitzgerald en El día de la langosta y El último magnate, respectivamente.

Raoul se encontraba demasiado al tanto de su guapura, por tal motivo agregaba a su pavoneo un toque de indiferencia muy bien calculado. Lo tenía descifrado desde la primera vez que lo vi; ninguno de sus trucos le funcionaba conmigo. Tipos igualitos que él se contaban por miles en las calles. Apenas podía creerlo, pero el hecho es que hará apenas unos meses que todavía me creía que este sitio, Hollywood, era un lugar muy glamoroso.

Y mientras el camino hacia la costa oeste por parte de Alex se encuentra plagado de calamidades en la forma de muertes, chantajes y traiciones, Sue deberá lidiar con sus propios problemas, como son el intento de suicidio por parte de un actor maniaco-depresivo enamorado de ella, su despido por acudir a su trabajo en estado de ebriedad, y la falsa noticia de la muerte de su novio en la carretera.
Quizá el aspecto más interesante del libro sea la manera en que éste registra la progresiva pérdida de la inocencia por parte de Sue y de Alex, quienes terminarán optando, cada uno por separado, por una frialdad y una dureza muy necesarias para garantizar su supervivencia en el bulevar de los sueños rotos.
Una lectura muy recomendable. Entretenida, amena y enigmática.

jueves

Money Shot (2008), de Christa Faust

Angel Dare, estrella retirada de la industria porno, trabaja ahora como agente de una nueva generación de actrices, sin embargo, cuando su viejo amigo Sam Hammer le propone un regreso frente a las cámaras al lado del astro porno del momento, el galán Jesse Black, Angel se muestra incapaz de negarse. Los problemas comienzan cuando al llegar a la locación, en una casona muy parecida a la de Norma Desmond en Sunset Boulevard, Angel es recibida por su compañero de escena con un puñetazo en la boca.

Seguramente se estarán preguntando qué es lo que hace una buena chica como yo dejada por muerta en la cajuela de una porquería de Honda Civic, en el basurero industrial del este de Los Ángeles. O quizá ya me conocen y se pregunten cómo es que no me pasó esto antes”, (página 11).

Como en la mayoría de las novelas de crimen, en Money Shot la presentación de los personajes y el desarrollo de la acción son mucho más amenos que la conclusión de la historia, la cual resulta un tanto confusa y mal dirigida. Aún pesar de esto Money Shot sigue ameritando el sacrificio de los arbolitos caídos por su causa.

Podría decirse que Sam Hammer era como un padre para mí, pero eso sonaría un tanto extraño ya que él y yo llegamos a hacer algunas escenas juntos, antes de que su trabajo se limitara exclusivamente detrás de las cámaras. No importa hace cuanto fue eso. Siempre fue un caballero, eso también. Llevadero, respetuoso y confiable como un relojito, lo cual no era cualquier virtud antes de que el Viagra se convirtiera en la espina dorsal de esta industria”, (página 12).

Home is the Sailor (1952), de Day Keene


Lo único que quería el marinero Swede Nelson era usar el dinero ahorrado durante tantos años en el mar para comprar una granja en Minnesota y sentar cabeza con una buena mujer. Esto hasta que se topa con la despampanante viuda Corliss Mason, dueña del hotel Purple Parrot, en el sur de California, y termina acusado por el homicidio del hombre que supuestamente abusó de ella.
Desde el inicio, la mucama del hotel y esposa del cantinero no para de advertirle al permanentemente ebrio Swede que huya de aquel enredo antes de que sea demasiado tarde, pero, como es obvio, éste no le hará demasiado caso, manteniéndose fiel a la premisa del libro (y de casi todos los pulps): al final los hombres son capaces de todo por un buen revolcón.
Como dato curioso para la gente de Tijuana me gustaría destacar la referencia al desaparecido bar La Ballena en la página 86:
…Había un bar en la avenida principal con un anuncio que lo proclamaba como el bar con la barra más larga del mundo.”

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